Secuelas en Cocachacra ignoradas por el EIA de Tía María (Peru)

El aire contaminado que mata la agricultura no sería la única consecuencia de la implementación del proyecto minero Tía María en el Valle del Tambo. Roles conflictivos, contradicciones y heridas profundas ya han hecho mella en la conciencia de los campesinos.

 “¿Qué me miras perro? ¡Hoy vas a morir!” grita altaneramente Jesús Manuel, mientras el camión en el que viajamos pasa por un control policial. De baja estatura, delgado, edad media, con estudios en docencia, es otro hijo de agricultores de Cocachacra que decidió volverse espartambo. Sonríe mientras pasamos por el puente Pampa Blanca, meses atrás escenario de sus muchas batallas contra los efectivos policiales.

“Lo que dicen en la capital, que somos terroristas, delincuentes, contratados, es falso. Ponen una ventana de humo para engañar a la población. Somos los hijos de los agricultores. He visto a mi madre cuando le han pateado ¿Qué es, un animal? Eso da cólera a cualquier joven. Por eso nos hemos enardecido. Los jóvenes están acostumbrados a sacarse la mugre en el campo. La bomba lacrimógena es como cuando queman basura en la chacra. Los policías nos matan pues. Salir a las calles a protestar es nuestro derecho” nos cuenta Jesús Manuel, sabiendo que todo está lejos de terminar.

En algunos casos, los espartambos juntaban dinero para confeccionar sus escudos, y en otros cada uno se procuraba los implementos. La mayoría tienen aspecto de recién haber concluido el colegio, aunque en este caso las clases en Cocachacra están suspendidas desde que inició el conflicto. Las madres del pueblo se ponen recelosas cuando los fotografiamos, por lo que intentamos no molestarlas.

Labor policial

“Defendiendo este hermoso valle, los policías me dispararon en el río, sobre el puente Pampa Blanca. Eso fue el 22 de abril. Me cayó un balazo y perdí el bazo. Estaba tratando de pasar, porque ellos se pusieron en el puente y nosotros queríamos pasar. Mis compañeros me auxiliaron y me atendieron en Cocachacra, de ahí a Mollendo y me pasaron a Arequipa. He estado internado más de un mes, volví cuando ya había estado de emergencia. No he vuelto a mis actividades de agricultor. Solamente ingiero comida blanda, por lo menos un año y medio. Tengo que costearme mis medicinas, unos doscientos soles mensuales” nos contó Juan José López, mientras se levanta el polo para enseñarnos el tajo antes abierto sobre su abdomen.

En el camino por la carretera que ingresa a Cocachacra, los lugareños nos ruegan que visitemos la tumba de Ramón Colque. Agricultor también, murió por un impacto de bala que le perforó un pulmón durante las protestas el 22 de mayo. Se desangró porque los manifestantes se demoraron en llevarlo al hospital, debido a la lluvia de disparos que estaban recibiendo por parte de la Policía. A consecuencia de su deceso, el gobierno de Ollanta Humala declaró el estado de emergencia en Islay por dos meses.

Intrusión de emergencia

Miguel Meza, también residente del pueblo, estuvo en el momento en que finalmente Ramón llegó al hospital, solo para que los médicos confirmen su muerte. Acto seguido, fue testigo de los abusos policiales durante los primeros días del estado de emergencia. Con dolor e indignación en los ojos, nos narra cómo su vida cotidiana fue alterada por las botas policiales.

“A la una de la mañana del segundo día, treinta policías en cuatro vehículos sacaron a la fuerza a un compañero de su casa en el sector de Túpac Amaru, un señor Cuyo. Un efectivo se subió a un montículo de tierra y disparó ráfagas al patio de su casa, por diversión. Lo llevaron como delincuente. En Villa del Valle, forzaron cerraduras de las casas y los sacaron calatos. Al señor Juan Galdos le pusieron orden de captura y lo han inculpado. Él no ha robado, no ha violado, no ha hecho nada y está en la cárcel de Socabaya” nos narra Miguel, sospechando que agentes de inteligencia deben estar pululando por las calles cercanas.

“En San Martín, en la puerta de un colegio había veinte agentes de la Dinoes, cuando querían obligar a los niños a estudiar. Esto queda marcado en los niños. Uno de ocho años se hizo una huaraca de plástico y jugaba al policía y el espartambo. Aquí han disparado a las casas, los niños han estado asfixiados con las lacrimógenas, niños recién nacidos. Dos vaquitas de meses han muerto, les han disparado. Han entrado a patadas a las casas. Se subían a las azoteas y sacaban las banderas. Está difícil el reencuentro”.

No hace falta caminar mucho para darse cuenta que todas las casas están embanderadas, con el lema “Agro Sí Mina No”. Tampoco para ver en la mirada de la gente que el conflicto aún vive y que les ha dejado marcas que no se podrán subsanar ni con cambios de gabinete ni con más estudios de impacto ambiental.

 

Fuente: Secuelas en Cocachacra

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